CON
LAS ARMAS DEL CORAZÓN
Con su Pascua, -la hemos vivido durante 50 días-,
Cristo ha librado una pacífica batalla caracterizada por el fuego de su amor,
cuyo símbolo queda patente en su Corazón traspasado. Es un Corazón victorioso,
cuyas armas han sido sólo -¡y nada menos!- que el fuego volcánico de un
incendio de amor. Lo más sublime de un Corazón divino y a la vez humano. Quede,
pues, como la enseñanza más elocuente y la invitación más urgida y ungida, para
este pobre corazón humano que somos y tenemos cada uno de nosotros. ¿Podemos
amar así? ¡Podemos! ¿Queremos amar así? Es el don que debemos desear y pedir. «Dios
es amor». Por eso, el Corazón de Dios hecho hombre como nosotros, su Espíritu,
la vida de Dios que es amor, es representado por el fuego, símbolo por
excelencia del amor, que es pasión, deseo ardiente que inflama, y pone en
llamas el corazón del amante. Que anhela ser el nuestro.
Como se comprende, la victoria no ha sido de territorios
sino de hondura de corazones, es decir, de pulverización del mal anidado en la
hondura humana siempre proclive a la injusticia y la mentira, a la dureza, a la
revancha y al desamor hasta el odio. Con ese amor pascual, Cristo (en
expresión de Benedicto XVI) ha extirpado la raíz del mal..., con sus mismas
armas: las armas de la justicia y de la verdad, de la misericordia, del perdón
y del amor.
Extirpar la raíz del mal no es cosa baladí. Es recuperar al hombre de toda
esclavitud, de toda deformación humana, de la despersonalización, de toda huida
de sí, de toda pérdida de filiación y de fratricidio. Es devolverle su imagen y
su figura primigenias. Es hacerle auténticamente hombre en el Hombre
Jesucristo. El hombre bueno, libre, maduro y audaz hasta la santidad.
Realizar esa gesta histórica, original e
inigualable, con las armas de la justicia y de la verdad, es hacer del
hombre y de la sociedad en que vive, otro mundo, el que necesitamos y que
conoce bien la injusticia, la revancha y la mentira; que debe ser transparente,
honesto, bueno y justo, y que ha de apostar por los más necesitados e
indefensos. Pero esto se logra sólo con las armas del corazón: la justicia y la
verdad como leyes fundamentales de vida.
Hacerlo, además, con las armas de la misericordia,
del perdón y del amor, es establecer en esa sociedad unas relaciones donde
el otro es visto con los ojos de Jesucristo, es querido y valorado con su mismo
Corazón, con el que uno trata de estar identificado, y que aspira a ser volcán
ardiente de amor que todo lo perdona, lo comprende, lo olvida, lo justifica, lo
recrea con el abrazo estrenado y siempre cercano de la comprensión y el
diálogo.
No en vano dijo el Señor: Acudid a mí... Cargad
con mi yugo (que es libertad, al tiempo que mansedumbre, honestidad
personal y capacidad de diálogo y tolerancia) y aprended de mí, que soy
tolerante y humilde de corazón, y os sentiréis aliviados (Mateo 11,29). Que
nadie tenga miedo en esta batalla pacífica que conquista corazones, y los arma
con las mismas armas del corazón de Dios y de Cristo hombre: la justicia, la
verdad, la misericordia, el perdón y el amor. Éstos son los hombres nuevos,
que crean y recrean la civilización del amor y de la vida, la sociedad y la
cultura, la familia y